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Cuando, con solo nueve años, me detectaron miopía y estrené mis primeras gafas graduadas, se abrió ante mí un mundo de profundidad, formas y colores que no tenía ni idea de que existieran. Hasta entonces había tenido que copiar de mis compañeros más cercanos lo que la maestra apuntaba en la pizarra. Aunque había vida más allá del metro y medio que mis ojos me permitían ver con claridad, los años iban pasando y la miopía y yo crecíamos a la par con lo que cada primavera llegaba la hora de la temible visita anual al oftalmólogo y año tras año, salía de allí con unas lentes cada vez más gruesas, eso si, la montura siempre la misma e igual de fea porque, aunque parezca mentira, unos treinta años atrás, los cambios de montura no eran tan habituales como ahora. Solo cuando la varilla ya no te llegaba detrás de la oreja y las gafas se te caían cuando agachabas la cabeza, tu madre te decía: «Habrá que cambiarte las gafas» y llegaba otro de esos momentos que odiaba. Lo odiaba porque sin las gafas no veías nada y cuando el óptico preguntaba «¿te gustan estas?»,  yo contestaba «pues ni idea, te lo diré cuando tengas los cristales puestos», así que me frustraba porque no podía ver nada de ninguna de las gafas que él me enseñaba. Además solamente existían tres o cuatro modelos donde elegir, que eran una réplica en miniatura de las que utilizaban las madres y abuelas, seguro que alguno de vosotros sabéis de lo que hablo, gafas las cuales ahora serían las llamadas gafas de ‘nerd’, pero en aquel entonces eran unas gafas muy feas.

A los 15 años le supliqué a mi madre unas lentes de contacto y cuando por fin las conseguí, impresionante, me acuerdo como si fuera ahora, pude salir a la calle y notar la brisa en los ojos, una experiencia desconocida para mí hasta el momento. Me viene a la mente aquellas monedas de diez duros que me parecían enormes, así como el ver por todas partes, los coches, las personas y su tamaño real y en ese momento lo tuve más claro que el agua, recuerdo que pensé «voy a estudiar optometría, quiero graduar y dispensar gafas», quería adaptar lentes de contacto, ayudar a los niños y los adolescentes a no tener que pasar por lo que yo había pasado, así que lo hice y aquí estoy convertida en óptica-optometrista.

Y es por eso que en mi óptica siempre hay muchísimos modelos de gafas para niños, con los colores y las formas más bonitas que puedo encontrar e intento estar siempre al día de las novedades en lentes con los espesores más finos del mercado, los filtros más adecuados para cada edad y sin las aberraciones que te hacen tener solo visión central. En definitiva, me preocupo por tener a todo el público y en especial a los más  peques, siempre a la última.

Y ese es mi precioso oficio.

Gloria Mengual Óptico-Optometrista

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